Imperdonable
En el juicio de todas las noches,
donde no caben misericordias cómodas
ni deambulan ejércitos honestos,
se ubican en el estrado
los harapos de mi ética marchita
y mis luces (que no omito).
Me siento en el sillón más importante,
y agito un mazo
pequeño pero firme
proclamando
la justicia como orden;
me desdicen
mis ojos trasnochados,
mis manos usureras, mi no-fe.
Me acusa ese fiscal – yo con corbata-
de abandonarme a suertes heresiarcas,
de malgastar el hígado en quimeras
y de dar de cenar mi carne
a las promiscuas.
Me defiende mi sonrisa oblicua,
blandiendo una espada de juguete:
afirma que soy libre de pecar,
de prodigar el tiempo que se pueda,
de ajarme -si es mi gusto-
los pies buscando nadas o princesas.
Sutil, debo encontrar un veredicto
(difícil tamizar tantas verdades);
me excuso de emitir una sentencia:
soy eso que me acuso y mi ley muerta,
mi criminal amable,
mi héroe justiciero,
el carcelero,
el loco,
el bueno,
el tonto.
Autor de los delitos, haragán con receta.
Yo, mi acusado, me condeno a dormir,
a reparar los daños en un sueño
o a dañarme, soñando sin reparos
que corro y que me alcanzan mi miserias.



Creo que ya se lo he dicho muchas veces, pero me reitero: ¡Qué gran poeta es usted!
Ojalá, amigo se pudiera reparar los daños en un sueño. Al final te despiertas y todo sigue igual.
Besos (ahora que ya sé que me los acepta)
Escurridisa y articulable prosa. Es casi como comerse un chocolate. Pero las ideas y las ideas literales salen por monton, como si se tratara de granos de arena. Me ha gustado mucho, ahora, si me disculpas, ire a leer más de tus escritos
!